Cuando tu destino está escrito

Cuando tu destino está escrito

Por Eleazar Mercurio Valenzuela

Esto no me lo platicaron, lo oí por casualidad.

Tualatin, OR

Ahí estaba de visita con un empresario, dos o tres empresas manejaba, pero… ah siempre el “pero”, una de ellas no funcionaba acorde a sus planes, deseos y decidió venderla a uno de sus proveedores; fue avisando a cada uno de sus empleados y despidiéndoles, pero había un vendedor ya entrado en años y él, Ricardo, que así se llama este joven emprendedor estuvo pensando en ese viejo vendedor, creo que son pocos los que se preocupan por sus empleados, pero hete aquí que él… Ricardo se preocupó por aquel hombre que le había ayudado por algún tiempo a atender una de sus zonas de ventas y creo que se sintió un poco comprometido a ayudarlo, y yo estaba ahí en el momento que platicaba con ese vendedor y escuché cuanto fue dicho entre los dos…

-No quise decírtelo por teléfono –dijo Ricardo a German, que ese es el nombre que asignaré a nuestro viejo vendedor porque como este comentario estará en el internet es posible que lo lea, y nos podamos meter en problemas- pero la compañía ya no está tan eficiente como yo quisiera y he tomado la decisión de venderla y será parte de “Global Pacific Coast”.

German se queda un poco pensativo… pues ya sabes que mientras la persona tiene más edad menos oportunidades tiene que lo contraten en otra compañía. Y dice… -Bueno todo lo que tiene un inicio por lógica debe tener un final. – Seguramente lo dijo para no hacer sentir mal a Ricardo- pero si pudiéramos adentrarnos en sus pensamientos descubriríamos que no solo estaba pensativo, sino preocupado también, pensando en el futuro inmediato para él.

Como dije, Ricardo fue previsor y se preocupó de nuestro viejo vendedor, ya tenía una solución… y le dice, -Para ayudarte a que sigas trabajando he hablado con Gustavo, que es el dueño de “Global Pacific Coast” le he comentado de Ti, te he recomendado, y está dispuesto a contratarte… bueno si tú quieres-

German, sonríe, y dice… -Ricardo déjame contarte una anécdota que pasó en mi familia, en el rancho-

-Hace muchos años mi papá tenía muchas cabras y tenía un pastor para cuidar de ellas, pero con el paso del tiempo aquello de tener esos animales, el cuidado y las corretisas que generaban diariamente, mi papá decidió vender el rebaño y así se lo comentó a Felipe, que era el nombre del pastor, el hombre aquel encendió un cigarro, lo absorbió con fruición y comenta… -pues que le vamos a hacer- al decir esta corta frase, Felipe que era un hombre enjuto y alto además de requemado por el sol aquel inclemente de nuestro terruño, cae en un silencio que podrías haber discernido como “preocupación”, un silencio que mantuvo por varios días, y que probablemente no se notó, pues era un hombre huraño, inmerso en sus propios pensamientos, aunque seguía poniendo atención al rebaño, se veía como mGRANJEROás callado como si eso fuera posible.

Todos los tiempos llegan, y llegó el momento de la venta de los animales…

El comprador, el futuro dueño de aquel rebaño se apersonó con varios camiones para trasladar los animales a su nuevo aprisco, mientras se subían a los camiones las cabras, voltee a ver a Felipe el pastor, que no quiso participar en el acomodo de las cabras, allá estaba bajo el único árbol que había, con un pie recargado en el tronco y el otro pisaba firmemente el piso, con su cabeza gacha su cigarro encendido en sus labios y su sombrero echado sobre sus ojos, muy meditabundo, parecíame que el hombre, con su sombrero cubría algunas lágrimas, pero no lo puedo asegurar.

A la par que los animales iban quedando acomodados en los camiones, el comprador parecía que su euforia iba disminuyendo y que una ligera preocupación aparecía en una arruga de su frente, mi papá que era un hombre de aguda mirada además de inteligente intuyó algo y pregunta,

-Valente- (que es el nombre del comprador) ¿algo te preocupa?

-Si “Borrado”-.  Era el sobrenombre con el cual era conocido mi papá que tenía ojos verdes.  –Ya soy dueño del ganado ya me lo voy a llevar, pero ahora me preocupa el cómo las atenderé, no lo pensé antes, ahora… ¿Cómo le voy a hacer? –

Ya te dije que mi papá era muy agudo, muy perspicaz.  Y comenta… -Pues solo que te venda también el pastor-

  • ¡Borrado, que gran solución!

Felipe el pastor que estaba triste, cabizbajo y meditabundo, pero oído atento a lo que se decía, primero pone el pie que tenía recargado en el árbol en el piso, acto seguido levanta la cabeza, endereza el sombrero y exhala todo el humo que tenía acumulado en sus carrillos y arroja el cigarrillo a un lado y con una gran sonrisa se dirige a mi papá y con festiva voz exclama…

  • ¡Borrado! ¿de veras?

El pastor corrió y cogió sus pocas pertenencias y sin consultar con el nuevo dueño solo se subió a uno de los camiones… y allá en lontananza solo alcanzamos a ver que agitaba su sombrero diciendo adiós, con alegría y agradecimiento.

Ricardo al escuchar ese relato, se sonríe y dice: ¡no, pero yo no te vendí!

Es así como vi que terminó el episodio del vendedor viejo, con un jefe preocupado por sus empleados. El hombre sigue ahora laborando para ”Global Pacific Coast”.

Ya nos leeremos en otra ocasión.

 

 

Published in: Oído por ahí

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